En la capilla el ruido es ensordecedor. Una batucada de tambores de fierros baja desde los pabellones y tiene a los negociadores casi a los gritos. Alrededor, la cárcel amotinada. Con presos en los techos, tirando piedras a las calles y quemando colchones. Es viernes 24 de abril. El ruido, el fuego y el caos llevan horas. Cae la noche en Devoto.
"Cuando se empiezan a escuchar las batucadas es porque adentro están fabricando facas", dijo a LA NACION un hombre con años de experiencia en el Servicio Penitenciario Federal (SPF), que ese viernes estuvo dentro de la cárcel, en lo que fue el día uno de un conflicto todavía irresuelto.
Los presos quieren salir. Dicen que el coronavirus los va a matar. Alimentan sus expectativas las noticias que llegan de la provincia de Buenos Aires: el hábeas corpus colectivo y las centenares de prisiones domiciliarias concedidas en las últimas semanas.
El día que Devoto se amotinó, mientras los internos tenían tomada buena parte de la cárcel, funcionarios y delegados de distintos pabellones firmaron un acta y el SPF recuperó el penal. "Se hacía de noche y estábamos al límite", dijo un hombre que participó de las negociaciones. Acordaron con la promesa de que las conversaciones seguirían al día siguiente y que se sumarían jueces a la mesa.
Así, con tironeos, batucadas, negociaciones y un clima muy violento, cumple hoy una semana el conflicto en Devoto, una cárcel icónica, punta de lanza de los reclamos de los penales de todo el país.
Como réplicas del motín del viernes, el fin de semana hubo huelgas de hambre en distintas cárceles federales, desde Salta y Chaco, hasta Viedma. Pero el principal temor -incluso de las autoridades federales- es lo que pueda pasar en los penales provinciales, que registran los números de hacinamiento más extremos. El hacinamiento es el escenario ideal para la expansión del coronavirus.
En la Unidad 23 de Florencio Varela, una de las cárceles más superpobladas del sistema penitenciario más superpoblado -el bonaerense- la semana pasada hubo una revuelta que casi termina con la cárcel tomada. Un interno murió y tres guardiacárceles son investigados por esa muerte.
La primera cárcel que se levantó, solo tres días después de que se decretó la cuarentena, fue Las Flores, en Santa Fe. Un motín muy violento destruyó el 90 por ciento de las instalaciones del penal. La madrugada del 23 de marzo fueron asesinados cuatro internos, tres de ellos del pabellón de delitos sexuales, a quienes otros presos calcinaron después de golpearlos salvajemente. En todos los penales el clima sigue enrarecido.
El cononavirus fue el germen de las revueltas. En sus formas más variadas. Por el miedo al contagio, en rechazo a las restricciones que llegaron con la cuarentena -como la prohibición de las visitas- o por la oportunidad que implica para aquellos que sin pandemia no tenían chances de dejar la cárcel en el corto plazo.
En Devoto, hay cuatro casos confirmados de Covid-19 de personas que trabajan en la cárcel, informaron fuentes oficiales. Fue la noticia de los primeros contagios lo que encendió el conflicto.
"En planta 2 unos cobanis [guardiacárceles] se contagiaron y están los pibes del 2.5 en aislamiento completo. Acá en el pabellón de la 1.1 decidimos arrancar con fuego hoy a las 12 de la noche, que está toda planchada la ciudad. Hacer quilombo con fuego (…) Todas las cárceles del país están esperando que Devoto ponga primera", dice un audio que salió de adentro de la cárcel antes de que estallara el motín.
Habilitado en 1957, Devoto es el último gran establecimiento carcelario de la ciudad de Buenos Aires
El primer objetivo era "hacer quilombo con fuego" y "ganar la reja", según ese audio. Para el mediodía del viernes estaba cumplido. Antes de las 11, entre chapas arrancadas, fueron apareciendo en el techo del módulo uno los primeros internos que ocuparon las alturas de la cárcel, en el extremo que da a la esquina de Nogoyá y Bermúdez. La escena se reprodujo en lo alto de todos los edificios del viejo penal.
"El viernes a la noche estuvimos soldando barrotes hasta las tres de la mañana", dijo un funcionario a LA NACION. "Es una cárcel muy antigua. Estaba regalada."
Habilitado en 1957, Devoto es el último gran establecimiento carcelario de la ciudad de Buenos Aires. "Es la cabecera", explicó una funcionaria nacional que sigue de cerca todo lo que pasa en las cárceles. "Si hay un motín en Viedma, ¿quién se entera? Devoto está en el corazón de Buenos Aires y además tiene el CUD", afirmó. El Centro Universitario de Devoto (CUD) depende de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y es un espacio de conexión entre la cárcel y el afuera, donde los internos tienen un trato directo con profesores y están atenuadas las medidas de seguridad.
"Estamos en consonancia con los penales federales y provinciales. Todxs tenemos derechos. Hay un libro. Se llama Constitución", reza una bandera que ayer colgaba entre dos ventanas del módulo 1.
Al frente de las negociaciones del viernes estuvo Juan Martín Mena, el secretario de Justicia de la Nación y número dos del ministerio que dirige Marcela Losardo. El clima era muy tenso. Del otro lado estaban los representantes de los distintos pabellones. Uno de los referentes de los presos era Guillermo Antonio Álvarez, conocido como "El Concheto", condenado por cuatro homicidios. Mena les contestó a los presos que no habría conmutaciones de pena del Presidente. "No es una posibilidad", les dijo, según relataron a LA NACION fuentes que conocieron lo que sucedió. Sin embargo, ese pedido de los presos quedó en el acta.
El sábado, dos jueces se sumaron a la mesa de la capilla: Gustavo Hornos, juez de la Casación Federal y presidente del Sistema Interinstitucional de Control de Cárceles, y Daniel Morín, presidente de la Casación Nacional.
Hornos llegó con un mensaje de paz. "Estuve preso y me viniste a visitar", dijo, citando a Jesús. En ese momento, uno de los delegados de los presos -había unos 30- le pidió silencio a sus compañeros. La batucada no paraba nunca. Más tenso fue el diálogo con otro interno, que le recordó a Hornos que como consecuencia de un fallo suyo de esa semana, él seguía en prisión.
La reunión duró seis horas y media. El acuerdo fue volver a reunirse ayer. Los funcionarios -sin los jueces- iban a revisar legajos de internos y Mena iba a acelerar los trámites adeudados por el ministerio de Justicia, pero fue la última aparición de Mena y Hornos en Devoto. Ninguno de los dos volvió ayer, la fecha fijada para el nuevo encuentro. Los internos se quejaron cuando advirtieron las ausencias.
Hornos no contaba con el mandato de la Casación Federal para estar ahí, dijeron fuentes de la cámara, y eso generó malestar entre sus colegas. El Gobierno no había convocado formalmente al tribunal; el Ministerio de Justicia se había comunicado directo con Hornos para pedirle que fuera. Mena le agradeció a Hornos que hubiera ido. Las vueltas de la vida. Hornos, como juez de Casación, reabrió la causa por el memorándum con Irán, el caso de la denuncia de Alberto Nisman, expediente en el que Mena está procesado por encubrimiento.
En el caso de Mena, hombre de extrema confianza de Cristina Kirchner, su lugar en la negociación pareció haber sido ocupado por Pablo Barbuto, subsecretario de Política Criminal, y por Emiliano Blanco, el jefe del Servicio Penitenciario Federal, a quien Losardo promueve para que el Presidente lo nombre subsecretario de Asuntos Penitenciarios, un plan que rechaza el ala kirchnerista. Le reprochan a Blanco todos sus años de servicio durante la gestión macrista (a pesar de que está en el ministerio desde los tiempos de Horacio Rosatti). Blanco participó de todas las reuniones de Devoto, pero ayer asumió un rol más protagónico.
Al margen de estas intrigas, Devoto volvió a sacudirse el fin de semana con otra noticia. Ya no eran solo guardiacárceles: dos internos se habían contagiado coronavirus. Uno ya había sido excarcelado y el otro estaba internado (cayó del techo durante el montín).
Solo después de una visita de tres horas de Carla Vizzotti, la virtual viceministra de Salud de la Nación, que conversó con los presos, la cárcel volvió a la tensa paz que mantiene estos días.
"Mi hijo está ahí adentro. Desde el viernes los tienen muy mal, les dan muy poca comida", dijo a LA NACION la madre de un preso, parada sobre la calle Nogoyá, con la mirada fija en las ventanas del módulo dos.
A la vuelta manzana, desde un pabellón del módulo tres que da a la calle Desaguadero, le gritan a un guardiacárcel: "Da la cara, chaqueño. Sos cobarde. Te quiero ver acá arriba". El agente lleva un barbijo y está parado, armado, en la pasarela elevada que recorre todo el perímetro del penal. Sobre ese camino los penitenciarios montaron refugios con techos de chapa. Cuando se calienta el clima, desde los pabellones llueven piedras. Los vecinos de Devoto lo saben. No hay un solo auto estacionado en esas calles, donde decenas de policías de la Ciudad y agentes penitenciarios controlan a la distancia la cárcel.
Violencia y muerte en Florencio Varela
No hubo una coordinación. Tampoco una orden de una voz líder. El clima era tenso y se sabía que era cuestión de tiempo para que la situación estallara. Un pabellón del sector de máxima seguridad llevaba casi 48 horas de huelga de hambre. Otros analizaban sumarse a la protesta. De pronto, todo explotó. Primero fue un preso que, después de romper las rejas, ganó los techos. Luego se sumaron otros y la situación se descontroló. Fue una batalla entre reclusos y personal penitenciario. Un motín donde los internos estuvieron cerca de tomar el control de la cárcel y un preso fue asesinado.
Además hubo otros 40 internos y 15 agentes penitenciarios heridos. Hoy, nueve días después del violento motín y de un diálogo entre representantes de los presos, del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos, de la Comisión Provincial por la Memoria y del Poder Judicial, en la Unidad 23 de Florencio Varela hay una tensa calma.
Los presos quieren negociar, según explicaron a LA NACION fuentes que participaron de la mesa de diálogo, para conseguir medicamentos, un "trato humano" en el sector de sanidad, aceleraciones en la presentación de los escritos judiciales y el análisis de los casos de población de riesgo de contagio de coronavirus.
"No quieren una amnistía general", explicó una fuente que participó el viernes pasado de la mesa de negociación que se hizo después del motín.
Según el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos bonaerense, conducido por Julio Alak, la situación actual en la cárcel de máxima seguridad "está tranquila" y el diálogo con los representantes de los presos está abierto. En cambio, gente allegada a los internos sostuvo que la calma no existe y los días se viven con mucha tensión en el penal de Florencio Varela.
Una fuente que conoce el mundo interno de la Unidad 23 sostuvo que la mayor tensión se vive en el denominado D1, que fue donde internos tomaron de rehenes a violadores y los golpearon salvajemente. La población general de esta prisión es joven. En promedio, en la mayoría de los pabellones los presos no superan los 30 años.
El momento de mayor dramatismo se vivió cuando los amotinados tomaron como rehenes a 12 internos acusados de delitos sexuales
Se trata, como la mayoría de las cárceles que dependen del Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB), de una prisión superpoblada. Inaugurada en 1997, la Unidad 23 de Florencio Varela tuvo una capacidad original de 380 plazas, luego se agregaron módulos y la capacidad llegó a 980, pero en la actualidad hay 1490 internos. Esta dividida entre un sector de máxima seguridad y otro de media.
El día del motín fue asesinado Federico Rey, de 23 años, que estaba detenido desde 2017, condenado por un robo con armas doblemente agravado. Fue uno de los presos que se subió a los techos. En un primer momento, las autoridades de la cárcel le informaron a sus superiores del SPB que el interno había muerto durante una pelea de presos en una discusión…