Durante siglos, los cuernos de unicornio plagaron las exóticas colecciones y los gabinetes de curiosidades de la nobleza y la burguesía renacentistas. Machacando estas extrañas piezas, también creían obtener un polvo para combatir envenenamientos. A comienzos de nuestra era, Plinio el Viejo describió en su famosa Historia Natural al monoceros, un ser con cuerpo de caballo y un cuerno en la frente. Y no se puso en cuestión su existencia hasta el siglo XVII, cuando se describió el cráneo de un animal marino con un enorme “cuerno” helicoidal. Los efectos (fueran cuales fuesen) del tradicional “polvo de unicornio” y de este resultaron ser los mismos, lo que levantó sospechas. Hace tiempo que sabemos que se trata del narval, un esquivo cetáceo emparentado con las belugas, pero la ciencia aún lo estudia fascinada cuando uno de estos gigantes colmillos cae en sus manos.
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