Tomar una pastilla de paracetamol junto a un antigripal o consumir ibuprofeno con una aspirina puede desencadenar graves lesiones hepáticas y severas hemorragias digestivas. Mezclar fármacos de uso cotidiano sin asesoramiento profesional representa un peligro real.

Así lo advirtió el Colegio de Médicos de la Provincia de Buenos Aires en el marco de las críticas que el sector viene expresando tras la resolución de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT), que esta semana oficializó la inclusión de nuevas especialidades medicinales en la nómina de venta libre.

La lista incluye drogas que se usan para tratar dolor abdominal, nauseas, vómitos, parásitos, alergia, pediculosis y lesiones en la piel o mucosas. También, para gotas oftálmicas, jarabe infantil para la tos, antitranspirante terapéutico y cicatrizantes.

“Bajo la premisa de abaratar costos en las coberturas de salud y trasladar el gasto directamente al bolsillo de la gente, se está naturalizando la idea de que un medicamento de venta libre es un bien de consumo más, comparable a cualquier producto de góndola”. En esa línea, se enfatizó que ningún fármaco es inocuo y que la ausencia de prescripción médica no elimina riesgos.

El trabajo pone sobre la mesa situaciones cotidianas donde el consumo sin supervisión médica deriva en complicaciones. Una situación habitual entre pacientes es la duplicación inadvertida de la dosis. En la búsqueda de un alivio rápido ante cuadros de congestión, es muy común que las personas ingieran un analgésico convencional e, inmediatamente después, sumen un té o comprimido antigripal formulado con la misma droga base. Eso genera una sobrecarga tóxica, se advirtió.

Por otra parte, la combinación cruzada de antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) —como el ibuprofeno, el diclofenac o el naproxeno— con aspirinas o descongestivos orales representa un factor de riesgo alto para la mucosa gástrica y el sistema cardiovascular. La ingesta simultánea potencia la aparición de úlceras y hemorragias digestivas, a la vez que compromete la función renal y descompensa a pacientes hipertensos o con antecedentes cardíacos, una vulnerabilidad que se agrava sensiblemente en adultos mayores.

Asimismo, los médicos hicieron foco en la peligrosa costumbre de mezclar antihistamínicos, antiespasmódicos y otros fármacos que poseen efectos sedantes. La interacción de estos químicos puede alterar el funcionamiento del sistema nervioso, provocando episodios de somnolencia profunda, descoordinación, disminución de los reflejos y alteración del ritmo cardíaco.

Más allá de los daños directos, según el Colegio hay ver un efecto secundario sumamente peligroso: la postergación del diagnóstico por el enmascaramiento de la enfermedad.

Un dolor abdominal aplacado mediante el uso recurrente de antiespasmódicos, una fiebre persistente atenuada temporalmente con antipiréticos de venta libre o un malestar orgánico silenciado por analgésicos potentes suelen generar una engañosa sensación de alivio y recuperación.

Sin embargo, mientras el síntoma visible se apaga, la patología de base continúa su curso evolutivo en silencio, sin recibir el abordaje terapéutico correspondiente.

“Esa demora en la consulta con el profesional puede significar la diferencia entre detectar una enfermedad a tiempo o llegar a un diagnóstico cuando el cuadro ya se encuentra en una etapa avanzada o irreversible”, se explicó desde la Mesa Directiva de la entidad.

La propaganda y la consulta

Para el Colegio de Médicos, la proliferación de campañas publicitarias que incentivan la compra masiva de fármacos como si fueran golosinas desvirtúa el rol central de la medicina preventiva. “El medicamento no es una mercancía ni una solución mágica para cualquier malestar cotidiano. Es una herramienta terapéutica que salva vidas cuando se utiliza bajo criterio profesional, pero también puede producir efectos adversos graves o la muerte cuando se consume sin control”, concluyó la institución en su documento.