El cambio climático dejó de ser únicamente una proyección sobre lo que podría ocurrir hacia finales de siglo. Desde la Antártida hasta las ciudades bonaerenses, científicos registran transformaciones que ya modifican hielos, océanos, montañas y condiciones meteorológicas, aunque sus consecuencias adoptan formas muy diferentes según cada territorio.
La paradoja es que esto ocurre mientras el propio concepto de “cambio climático” pierde presencia en parte del discurso político internacional. Un reciente análisis de The New York Times señaló que gobiernos y empresas comenzaron a presentar políticas vinculadas con energías renovables bajo conceptos como “seguridad energética”, “independencia”, “resiliencia” o reducción de costos. El vocabulario cambia, pero los fenómenos físicos continúan.
Uno de los ejemplos más recientes está en el extremo sur del planeta. El hielo marino que rodea la Antártida alcanzó durante el invierno austral de 2026 uno de los niveles máximos más bajos desde que comenzaron las observaciones satelitales.
UN MILLÓN DE KILÓMETROS CUADRADOS MENOS ALREDEDOR DE LA ANTÁRTIDA
El hielo marino antártico alcanzó probablemente su máxima extensión anual el 14 de septiembre, con 17,59 millones de kilómetros cuadrados, de acuerdo con el National Snow and Ice Data Center (NSIDC) de Estados Unidos. La cifra colocó a 2026 como el tercer máximo más bajo del registro satelital iniciado en 1979 y quedó aproximadamente un millón de kilómetros cuadrados por debajo de los valores históricos de referencia.
El dato cobra mayor importancia cuando se observa la secuencia reciente: los últimos años concentraron algunos de los registros más bajos de hielo marino antártico. En junio de 2026, Copernicus había calculado una extensión promedio de 12,7 millones de kilómetros cuadrados, alrededor de 1,1 millones por debajo de la media 1991-2020.
El hielo marino no debe confundirse con el hielo acumulado sobre el continente. Como ya flota en el océano, su derretimiento no eleva directamente y de manera significativa el nivel del mar. Sin embargo, su desaparición puede desencadenar consecuencias indirectas importantes.
Al quedar más superficie oceánica oscura descubierta, el mar absorbe mayor cantidad de energía solar. Además, disminuye la protección que el hielo ofrece frente al oleaje a las plataformas de hielo conectadas con el continente. Si esas plataformas se debilitan, los glaciares terrestres que contienen pueden desplazarse más rápidamente hacia el océano y ese proceso sí contribuye al aumento del nivel del mar.
DEL HIELO QUE DESAPARECE A LAS MONTAÑAS QUE SE VUELVEN INESTABLES
A miles de kilómetros de allí, la Patagonia muestra otra consecuencia potencial del retroceso de los hielos. Cuando un glaciar disminuye no solamente desaparece una reserva de agua congelada: también puede transformarse la estabilidad del paisaje que lo rodeaba.
Durante cientos o miles de años, grandes masas de hielo pueden ejercer presión sobre las paredes de los valles. Cuando retroceden, algunas pendientes pierden ese soporte, quedan expuestas y comienzan un proceso de reajuste.
Uno de los casos argentinos bajo estudio se encuentra en El Chaltén, Santa Cruz. Investigadores analizaron la inestabilidad de la ladera norte del Cerro Solo y un eventual derrumbe sobre Laguna Torre, capaz de desencadenar una inundación por desbordamiento de lago glaciar, fenómeno conocido internacionalmente como GLOF.
Un trabajo publicado en el Journal of South American Earth Sciences modeló escenarios en los que una gran masa de roca y sedimentos podría caer sobre la laguna, generar una ola, superar su contención natural y provocar una crecida extraordinaria aguas abajo por el río Fitz Roy. Estudio científico sobre el riesgo en El Chaltén
EL CHALTÉN Y UNA CADENA DE RIESGO
El mecanismo que preocupa a los especialistas puede resumirse en una sucesión: retroceso glaciar, desestabilización de la ladera, posible derrumbe sobre Laguna Torre, generación de una ola, desborde y posterior crecida hacia El Chaltén.
No significa que el fenómeno vaya necesariamente a producirse ni que pueda establecerse cuándo ocurriría. Se trata de un escenario de riesgo que científicos consideran suficientemente plausible como para justificar monitoreo y preparación.
La preocupación tampoco nació en 2026. Estudios geológicos llevan años detectando movimientos en las laderas del Cerro Solo y Techado Negro. Ya en 2019, especialistas del SEGEMAR presentaron en El Chaltén trabajos sobre la posibilidad de que un movimiento de masa terminara afectando Laguna Torre.
La novedad es que el problema comenzó a trasladarse del ámbito científico hacia la gestión de emergencias. En agosto de este año, la Municipalidad de El Chaltén anunció una mesa interinstitucional destinada a desarrollar protocolos frente a un eventual GLOF en Laguna Torre. Información oficial de la Municipalidad de El Chaltén
ARGENTINA YA TUVO EPISODIOS SIMILARES
Los antecedentes demuestran que el peligro no es exclusivamente teórico. En 2009, un lago asociado al sistema del Monte Tronador sufrió un vaciamiento repentino que liberó aproximadamente un millón de metros cúbicos de agua en unas tres horas. Hubo daños sobre infraestructura y caminos, aunque no víctimas fatales.
Otro episodio particularmente ilustrativo ocurrió en 2013 cerca del glaciar Upsala, en Santa Cruz. Una enorme masa de material cayó desde una ladera sobre el Lago Argentino y produjo olas que recorrieron kilómetros, destruyeron embarcaciones, muelles y refugios y afectaron bosque nativo.
Fuera de Argentina existen casos todavía más dramáticos. Bahía Murta, Chile, sufrió en 1977 el desborde de un lago represado naturalmente. La inundación afectó viviendas, ganado y terrenos y terminó contribuyendo al traslado del antiguo asentamiento hacia un emplazamiento más seguro.
En Villa Santa Lucía, también en la Patagonia chilena, un gigantesco flujo de barro y detritos ocurrido en diciembre de 2017 dejó 21 muertos y afectó aproximadamente la mitad del área urbana, según datos oficiales chilenos. Investigaciones posteriores estudiaron la relación entre retroceso glaciar, condiciones meteorológicas y desestabilización de laderas. Reconstrucción de Villa Santa Lucía
HUARAZ, LA ADVERTENCIA HISTÓRICA DE LOS ANDES
Uno de los casos más conocidos ocurrió en Huaraz, Perú. En diciembre de 1941, una masa de hielo cayó sobre la laguna Palcacocha y provocó una inundación repentina de agua, barro y rocas que descendió hacia la ciudad.
El Instituto Nacional de Investigación en Glaciares y Ecosistemas de Montaña (INAIGEM) estima que el aluvión tardó apenas unos 15 minutos en alcanzar Huaraz y ocasionó alrededor de 1.800 muertes. Informe del INAIGEM sobre el desastre de Huaraz
Décadas después, el retroceso de los glaciares volvió a incrementar el volumen de Palcacocha. Un estudio publicado en Nature Geoscience encontró evidencia de que el calentamiento antropogénico contribuyó al retroceso glaciar y, con ello, al aumento del peligro de inundación asociado al lago. Investigación publicada en Nature Geoscience
ARGENTINA TAMBIÉN ENFRENTA RIESGOS LEJOS DE LOS GLACIARES
Los impactos argentinos, sin embargo, no terminan en Patagonia. El Plan Nacional de Adaptación y Mitigación al Cambio Climático identifica diferentes amenazas según las regiones: aumento de temperaturas y olas de calor, precipitaciones extremas e inundaciones, sequías, retroceso de glaciares, estrés hídrico, cambios costeros y alteraciones de ecosistemas. Plan Nacional de Adaptación y Mitigación al Cambio Climático.