Detrás de esa apariencia delicada, forrada de volantes y encajes coquetos, los pololos tienen un origen político. “La vestimenta de la mujer debe proteger su salud y comodidad en lugar de destruirlas”, escribía la editora y sufragista Amelia Bloomer en The Lily, el primer medio estadounidense “dedicado a los intereses de la mujer”, desde el que defendió el desarme del armario femenino como paso hacia su independencia. Frente a la rigidez de los corsés y sus pesadísimas faldas, la periodista impulsó la adopción de estos pantalones, a medio camino entre los calzones victorianos y los bombachos, que terminarían llevando su apellido.
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