En 1982 decidí empezar a fotografiar las costas italianas, aquellas en las que fui feliz con mis padres, en su mayoría pequeñas ciudades de vacaciones, construidas sin pretensiones, con edificios del más puro estilo arquitectónico de los años sesenta, descampados, un centro comercial y una discoteca al aire libre. No tenían nada en particular que mereciera destacarse en las guías turísticas. Después extendí la mirada a destinos míticos, ciudades con nombres tan evocadores como Capri, Nápoles, Portofino, San Remo y Estrómboli, sobre las que se habían compuesto canciones o que habían sido escenario de películas neorrealistas. Me di cuenta de que el entorno particular de la costa, la actividad de la playa en verano, constituía un auténtico concentrado de la cultura italiana, un ritual social a través del cual se expresaba con fuerza todo un arte de vivir.

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