Un esquema moderado puede funcionar como herramienta para algunas personas que buscan bajar de peso, ordenar sus horarios o reducir el consumo energético. Los potenciales beneficios observados sobre grasa abdominal, presión, glucosa e insulina también mantienen abierta la investigación sobre su utilidad en personas con obesidad y determinados trastornos metabólicos.
No obstante, organismos y centros médicos como Johns Hopkins y Mayo Clinic plantean precauciones particulares para embarazadas y personas que amamantan, menores, pacientes con antecedentes de trastornos alimentarios, individuos propensos a hipoglucemias y personas con diabetes que utilizan insulina o determinados medicamentos. En estos últimos casos, cambiar abruptamente los horarios de alimentación puede modificar de manera peligrosa la relación entre medicación y glucemia.
La diferencia fundamental está entonces en evitar considerar todos los ayunos como equivalentes. Pasar 12 o 14 horas entre la cena y el desayuno no es comparable con permanecer dos, cinco o 40 días sin comer.
La evidencia disponible muestra que el ayuno intermitente puede ser una herramienta válida dentro de determinados planes alimentarios, pero no aparece como una solución extraordinaria ni universal. Y, sobre todo, más horas sin comer no equivalen necesariamente a más salud: cuando la restricción se vuelve extrema, los posibles beneficios comienzan a convivir con pérdida muscular, alteraciones metabólicas y riesgos que pueden superar cualquier ventaja buscada en la balanza.