Cuadrados dentro de cuadrados. Líneas que corren en paralelo. Círculos que se abren como abanicos. Rectángulos que se repiten hasta desaparecer fuera del cuadro. Basta aislar un pequeño fragmento de una vereda platense para que aquello que reconocemos simplemente como piso empiece a parecer otra cosa.

La cámara hace el resto. Cuando desaparecen del encuadre los edificios, los autos, los árboles y las personas, las baldosas pierden por un momento su función cotidiana y se convierten en imágenes. Aparecen entonces ritmos, repeticiones, simetrías, contrastes de colores y formas geométricas que habitualmente pasan inadvertidas.

Las fotografías reunidas en esta página proponen justamente ese ejercicio: mirar las veredas no por su estado, su antigüedad o los problemas que presentan para caminar, sino por sus formas. Detenerse en algo que está permanentemente a la vista y que, quizás por estar demasiado cerca, casi nunca observamos.

UN CATÁLOGO DE FORMAS

No hace falta recorrer demasiadas cuadras para advertir que el suelo de La Plata está lejos de ser uniforme. Hay baldosas divididas en pequeños cuadrados, otras atravesadas por líneas rectas y algunas en las que las piezas se organizan formando abanicos o círculos. A ellas se suman diferentes tamaños, tonalidades y maneras de combinarlas.

Vistas desde arriba, esas variaciones construyen una suerte de catálogo geométrico. Una baldosa puede contener un dibujo, pero la repetición de decenas de piezas produce otro mucho mayor. El módulo se multiplica y la superficie adquiere un ritmo que sólo se percibe cuando uno se detiene a observarla.

En algunos casos domina la cuadrícula. Las líneas horizontales y verticales se cruzan una y otra vez hasta formar una trama regular. En otros, las estrías generan una dirección y conducen la mirada hacia un extremo. Y están también los diseños curvos, en los que pequeñas piezas rectas terminan componiendo círculos y abanicos.

Algo parecido ocurre con el color. Ocres, rojizos, grises y negros pueden repetirse de manera uniforme o aparecer combinados. Una misma forma cambia por completo según el tono de las piezas, la suciedad acumulada, el desgaste o la luz que recibe en determinado momento del día.

CUANDO SE ROMPE EL PATRÓN

Pero quizás las superficies más interesantes sean aquellas en las que el orden deja de ser perfecto. Una baldosa diferente, una reparación, una pieza colocada en otra dirección o una pequeña planta creciendo entre las juntas interrumpen de pronto la repetición.

En una de las imágenes, por ejemplo, conviven piezas de diferentes colores, tamaños y dibujos. Hay cuadrados, líneas, superficies rojizas y grises y, en medio de esa combinación, el verde de una planta que consiguió abrirse paso. Lo que podría considerarse una imperfección termina convirtiéndose, visto desde arriba, en el elemento que concentra la mirada.

Esas alteraciones hacen que ninguna superficie sea exactamente igual a otra. Incluso cuando se utilizó originalmente un mismo modelo de baldosa, el uso cotidiano introduce diferencias: algunas piezas se oscurecen, otras pierden definición, aparecen manchas y las juntas dejan de conservar una regularidad absoluta.

El tiempo, de alguna manera, también interviene sobre el diseño.

OTRA ESCALA PARA MIRAR LA CIUDAD

Estamos acostumbrados a buscar la identidad visual de una ciudad en sus grandes formas. En La Plata, la cuadrícula, las diagonales, las plazas y los edificios emblemáticos ofrecen algunas de las imágenes más reconocibles. Pero existe otra escala, muchísimo menor, que también está construida a partir de líneas y figuras geométricas.

La diferencia es que para encontrarla no hay que contemplar un plano ni alejarse para obtener una vista panorámica. Hay que acercarse.

Una porción de apenas unos centímetros puede contener cuadrados, rectángulos, curvas y líneas. Y una fotografía puede hacer desaparecer momentáneamente su función para dejar solamente esas formas.

Entonces ocurre algo curioso: cuesta saber inmediatamente qué estamos mirando. Podría tratarse de un mosaico, de un dibujo geométrico o de una composición abstracta. Hasta que algún detalle devuelve la escala y recuerda que se trata simplemente de una vereda.

Tal vez allí esté el atractivo de detenerse en estas imágenes. No pretenden descubrir algo escondido ni excepcional. Todo lo contrario. Muestran algo que está delante de nosotros todos los días. La diferencia consiste solamente en mirarlo de cerca.