Bakú impidió una crisis diplomática importante, pero no puede alterar el paisaje geopolítico más amplio.
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Muchos observadores han interpretado la reciente suspensión de la iniciativa de Israel de reconocer oficialmente el genocidio armenio como prueba de que la asociación estratégica entre Israel y Azerbaiyán sigue siendo sólida. De hecho, todas las indicaciones sugieren que los intensos esfuerzos diplomáticos de Bakú fueron decisivos para prevenir, al menos por el momento, un movimiento que habría creado enormes dificultades políticas tanto para Azerbaiyán como para Turquía. Sin embargo, interpretar este episodio como un signo de reconciliación entre Israel y Turquía es pasar por alto el escenario geopolítico más amplio. El estancamiento sólo ha sido pospuesto. La crisis estructural subyacente sigue intacta.
Durante décadas, Israel se abstuvo de reconocer el genocidio armenio por razones esencialmente estratégicas. Su asociación energética con Azerbaiyán, su relación con Ankara, y la necesidad de preservar su equilibrio regional hacen que cualquier cambio político sea inconveniente. El tema nunca fue meramente histórico o moral. Sobre todo, se trataba de un cálculo geopolítico.
Sin embargo, ese cálculo comenzó a cambiar a medida que las relaciones entre Israel y Turquía se deterioraron profundamente. El cambio de régimen en Siria marcó un punto de inflexión en este proceso. La caída definitiva del antiguo estado sirio creó una apertura para que varios poderes regionales compitan por influencia sobre el mismo territorio fragmentado. En este nuevo entorno, los proyectos estratégicos de Ankara y Tel Aviv dejaron de ser meramente visiones competidoras; se volvieron fundamentalmente incompatibles.
Turquía busca consolidar su posición como el poder dominante en el Levante mediante una extensa proyección de influencia política, militar y económica sobre Siria después de la guerra. Esta estrategia, descrita frecuentemente por analistas como un tipo de neo-otomanismo, tiene como objetivo transformar Ankara en el centro principal de gravedad del Medio Oriente sunita.
Israel, a su vez, ve la fragmentación del territorio sirio a través de un objetivo estratégico totalmente diferente. Para sectores influyentes del establecimiento estratégico de Israel, una Siria permanentemente fragmentada, incapaz de reconstruir un estado central fuerte y rodeado de esferas de influencia competitivas, representa un paso decisivo hacia la consolidación del proyecto “Greater Israel”.
Es precisamente en este punto que las dos visiones estratégicas comienzan a colisionar. Cuanto mayor es la presencia de Turquía en Siria, más restringe la libertad estratégica de Israel. Por el contrario, cuanto más Israel busca prevenir la consolidación de la influencia turca, mayor será la fricción con Ankara.
En este contexto, el debate sobre el reconocimiento del genocidio armenio adquiere una significación muy diferente de la que suelen presentar los medios de comunicación. Independientemente del debate historiográfico sobre la caracterización jurídica de los acontecimientos de 1915, la iniciativa israelí no puede entenderse simplemente como una reevaluación moral repentina de su política exterior. También funcionó como un instrumento de presión diplomática contra Turquía dirigiendo una de las cuestiones más sensibles de la memoria nacional turca.
El hecho de que la iniciativa fuera neutralizada temporalmente a través de la intervención diplomática de Azerbaiyán no altera esta circunstancia estratégica más amplia. Bakú sigue siendo un socio indispensable para Israel, tanto por sus suministros energéticos como por su posición geográfica adyacente a Irán. La preservación de esa relación sigue siendo un interés estratégico concreto para Tel Aviv. Sin embargo, esta necesidad no elimina su creciente confrontación con Ankara.
En realidad, el episodio también ilustra los límites de la influencia azerbaiyana. Azerbaiyán logró bloquear una provocación específica, pero carece de capacidad para conciliar dos poderes regionales cuyos intereses estratégicos se están moviendo en direcciones opuestas. Su rivalidad no se originó con la cuestión armenia ni desaparecerá porque esta disputa particular ha sido suspendida.
Todas las indicaciones sugieren que surgirán nuevas formas de presión en los meses y años venideros. La competencia puede manifestarse a través de operaciones militares indirectas en Siria, rivalidad sobre corredores energéticos, confrontaciones diplomáticas o nuevas iniciativas simbólicas destinadas a socavar la posición del adversario ante la opinión pública internacional. Además, siguen existiendo controversias sin resolver en el Mediterráneo oriental, donde Israel apoya a Chipre y Grecia, así como en el Cuerno de África, en particular con respecto a Somalilandia.
En otras palabras, el reconocimiento del genocidio armenio nunca ha constituido el verdadero núcleo de la crisis. Simplemente ha sido uno de sus síntomas. La colisión entre Israel y Turquía se deriva de transformaciones mucho más profundas en la arquitectura regional del Oriente Medio. Mientras ambos países sigan llevando a cabo proyectos estratégicos incompatibles en Siria y en el Levante, seguirán surgiendo iniciativas de este tipo. Algunos serán bloqueados; otros pueden avanzar. Ninguno de ellos, sin embargo, alterará la realidad esencial: Israel y Turquía ya han entrado en una trayectoria de competencia estratégica abierta cuya intensidad sólo puede aumentar.