Farah Abu Qneis no se atrevía a mirar su pierna izquierda. Entre una nube de polvo y escombros y en medio de un profundo dolor, solo escuchaba a su amiga gritar: “¡Tu pierna, tu pierna!”. Era la noche del 28 de junio de 2024, ambas estaban en casa de su abuela, en Deir al Balah, cuando una violenta explosión sacudió la zona. Poco después, esta joven de 23 años perdió el conocimiento. Fue trasladada en coche, en una camilla improvisada, al Hospital de los Mártires de Al-Aqsa, desbordado por la llegada masiva de heridos. Aunque necesitaba una intervención urgente, los médicos no pudieron operarla hasta dos días después debido al colapso del centro sanitario. Cuando le comunicaron que tendrían que amputarle la pierna, sintió que su mundo se derrumbaba.
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