FRANCINA LORENZO
florenzo@eldia.com
Fabricio Ballarini se compró un reloj pulsera “después de mil años”, me cuenta en una entrevista. No fue por nostalgia: necesitaba saber la hora sin tocar el celular. “Miro el celular para ver la hora, veo un mensaje y entro. Y ya que estoy ahí adentro, miro otra cosa, y hago toda una ruedita que capaz tarda varios segundos”. Después se compró un MP3 para escuchar música sin pasar por el teléfono y hasta piensa cambiarlo por uno de esos modelos “supermega estúpidos” que le recomendó un estudiante universitario.
Que el autor de un libro sobre pantallas confiese estas maniobras de contrabando no es un detalle gracioso -o quizás sí-: es el método. (Des)conectados. Información científica para tomar el control de nuestra vida digital (Ediciones B) lo firman Fabricio Ballarini, biólogo, investigador del CONICET y profesor del ITBA, y Juan Eduardo Bonnin, lingüista, investigador del CONICET y profesor de la UNSAM. “Me lo escribí a mí mismo”, dice Fabricio. “El libro es una necesidad nuestra, por lo menos mía, de escribirme algo para intentar cambiar”.
NO HACE FALTA ROMPER EL TELÉFONO
La aclaración llega en la primera página: la idea no es odiar la tecnología ni mudarse a una cabaña en el bosque. El tono es el de una charla de café (la introducción dice haber sido escrita en un bar de Chacarita, de hecho), con voseo, ironías —“holis, te extraño”, parece decir el teléfono cuando vibra sin motivo— y una promesa concreta: separar lo que la ciencia sabe de lo que todavía discute. Y para aquellos que rara vez lo dejan a más de 33 centímetros del cuerpo, un aviso directo: el libro es para vos.
El punto de partida es inesperado y tiene sabor a clase de letras: Sócrates, en Fedro de Platón, desconfiando de la escritura porque debilitaría la memoria. Los autores le conceden parte de razón, ya que leer exige más esfuerzo cognitivo que escuchar, pero recuerdan que gracias a la escritura pudimos acumular conocimiento como nunca. De ahí en más, seis capítulos recorren la cultura de las pantallas, el cuerpo y el lenguaje en la primera infancia, la atención, la salud mental, la adicción y las emociones. Hay un epílogo de Darío Álvarez Klar y una guía práctica, además de tests para hacer en casa, como las escalas de ansiedad y depresión, de autoestima o de adicción al smartphone.
También hay cuidado con las certezas. El libro repasa las tesis de Jean Twenge y de Jonathan Haidt, autor de La generación ansiosa, pero advierte que correlación no es causalidad y cita un análisis según el cual el tiempo de pantalla explicaba menos del 0,4 por ciento del bienestar adolescente. Enseguida agrega la réplica de los propios Twenge y Haidt: que el efecto sea pequeño no significa que el problema lo sea.
SIGUE TRABAJANDO AUNQUE NO LO TOQUES
En la charla, Ballarini me explica por qué cambiar este hábito es más difícil que dejar otros. El celular tiene, dice, dos rasgos que no tuvo ningún objeto anterior. Uno es la proximidad: “Nunca te alejás de ese objeto”. El otro, que nunca se apaga. “Mientras vos no lo usás, el dispositivo sigue actuando sobre vos, porque está presente en las notificaciones, te va a avisar cualquier cosa.”
“Está pasando un fenómeno terrible: los chicos llegan al jardín de infantes sin hablar”
Su explicación tiene raíz biológica. “En la naturaleza, los humanos chequeamos notificaciones para estar con vida: si se te mueve una hoja, chequeás si es el viento o un depredador. Esa habilidad evolucionó para que sobrevivamos y el celular la explotó de una manera espectacular.” El libro cuenta algo parecido al explicar las vibraciones fantasma, esa sensación de que el teléfono suena aunque no haya pasado nada.
A esa predisposición biológica se le suma un diseño intencionado para capturar nuestra atención. Lejos de ser un azar, las dinámicas del teléfono responden a mecanismos calculados: “Todas estas compañías aprovecharon todos estos recursos para formar adictos”, advierte Ballarini, señalando cómo el uso de las ciencias del comportamiento transformó a la pantalla en una trampa de la que resulta casi imposible salir.
Ya lo hemos naturalizado y, como comunidad, no colabora. “Normalizamos que, en una conversación, yo esté hablando con vos y pueda estar mirando el celular.” Con un libro sería impensado: a la quinta vez que alguien levanta la vista de una novela para contestar, el interlocutor reclama. “Con el celular lo aceptamos”, resume.
LO QUE DICEN LOS DATOS, Y LO QUE TODAVÍA NO
Ballarini adelanta datos de un relevamiento con estudiantes de la Ciudad de Buenos Aires, realizado junto con el ministerio, que, por ser tan recientes, no figuran en el libro. Según comenta, cerca del 40 por ciento de los adolescentes muestra ansiedad y el 38 por ciento, depresión, y vincula esas cifras con el uso del celular. Habla también de chicos que pasan hasta 16 horas por día frente a la pantalla. Aclara que se trata de tests de autorreporte: “No es un diagnóstico”. Son datos preliminares y conviene leerlos así.
Sobre el lenguaje, advierte: “Los chicos llegan al jardín de infantes sin hablar”. Y agrega: “No es culpa de los nenes a los que les dan el dispositivo, es de los padres que están con el celular y no les charlan, no les juegan”. El libro es más cauto: hay estudios que asocian dos horas diarias de televisión con mayor riesgo de retraso del lenguaje en chicos de 15 a 48 meses, pero también críticas metodológicas y la dificultad de distinguir causa de consecuencia. Lo que pesa, según el libro, es el contexto: sin interacción con un adulto, falta una condición esencial para aprender a hablar.
PROHIBIDO PROHIBIR: COMPENSAR
La receta de Ballarini evita el sermón. “La palabra prohibición en adolescentes es la peor palabra”, afirma. Propone darles información sobre lo que les pasa y, si están preocupados, herramientas para hacer otras cosas: “Dame otra cosa”. Importa, además, qué se hace con el teléfono: “Si vos usás el celular para hacer - un video, para bailar, para responder mails, para buscar una canción- está buenísimo. Pero es exactamente lo contrario: si lo usás para algo pasivo - para sentarte 6 horas y mirar video de TikTok- no te va a servir para nada, porque te lo vas a olvidar todo.”
“A mí me cuesta pensar al celular o a la IA como una herramienta; es otra cosa. Rompió con nuestra conexión biológica de mirarnos a la cara”
La clave, sostiene, es la reducción, como con el sueño: si dormís cinco horas, no saltás a ocho de golpe; probás con una más. “No es prohibirme, que es lo peor; es compensación.” Y en su experiencia, la salud mental cambia drásticamente según se use una hora y media diaria o menos.
UN REGALO INCÓMODO
Pensado para madres y padres, el libro lo están comprando sobre todo universitarios y menores de 30. “Nadie quiere reconocerlo”, admite, y por eso cree que funciona mejor como regalo para alguien a quien ya le dijeron que pasa demasiado tiempo con el celular. Sus contenidos en redes, asegura, rinden menos cuando tocan este tema. Sin embargo, le escriben jóvenes que quieren investigar el asunto y otros que crean aplicaciones para desviar la atención.
Ballarini admite su propia paradoja: usa las redes para divulgar ciencia mientras cuestiona su diseño. No se postula como ejemplo, sino como un compañero de ruta. “No propongo ser un amish, sino algo intermedio, pero por lo menos reconocer que puede ser problemático.” Quizás ese sea el mejor argumento del libro: empezar por mirar la hora sin entrar al celular.
(DES)CONECTADOS
FABRICIO BALLARINI Y JUAN E. BONNIN
Editorial: Ediciones B
Páginas: 144
Precio: $26.999