Cuando tengo hambre, lo primero en lo que pienso es en un bocata. Este pensamiento me persigue desde que soy muy pequeña, cuando me acostumbré a desayunar pan recién hecho cada mañana y rápidamente comprobé que las miles de advertencias sobre “no hincharse a pan” antes de comer eran inútiles frente a mi obsesión hacia un producto tan extraordinario. Una debe saber cuales son sus batalla y admitir cuanto antes que el bocata es un amigo incondicional cuya grandeza se debe a tres motivos básicos: es práctico, es accesible, es versátil. Ante uno, todos somos iguales; dentro de uno, la libertad es infinita. El comfort food definitivo junto a un caldo calentito en invierno, unos spaghetti de resaca o un croissant el domingo.
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