Creemos que somos los dueños de lo que pensamos y no es así. Está bien documentado que si nos enseñan fotos de grupos de refugiados o de una inmigración desesperada entrando en lo que consideramos nuestro territorio reaccionamos de manera muy diferente a si nos muestran el rostro de un solo ser humano. Una mirada de tristeza, un rostro demacrado por el miedo o el hambre nos devuelven la humanidad que había mermado ante la imagen de una multitud que en conjunto puede resultarnos amenazante. Qué necesario es que acerquemos el foco. Migrantes. Una palabra que vuelve abstracta la naturaleza humana. Es agosto, este agosto ardiente de un Madrid muy vaciado, aunque en esta ciudad 180.000 niños, hijos de la inmigración, tratan de sobrellevar un verano sin vacaciones. Es lo que toca cuando el pueblo de tus padres pilla tan lejos. Tengo ante mí a Carlos Opa Senghor Diatta, chaval de diez años que viene de vez en cuando a clases de arte auspiciadas por la Asociación Karibu, que acompaña a madres africanas en sus traumáticos inicios. Carlos se está autorretratando. Ante el espejo el niño se mira y lo primero que dibuja es el rotundo color de su rostro: marrón la piel, negro el pelo. Este pequeño Basquiat ha dibujado en dos trazos todo su ser. Es un momento de paz y concentración de este niño inteligente, hermoso, de carácter fuerte, que interrumpe a la madre cada vez que ella trata de contarme la historia familiar, echando mano el crío de adverbios que debe haber aprendido hace poco y pronuncia muy orgulloso: literalmente, frecuentemente, abiertamente. No es casualidad que al niño Carlos le gusten los idiomas, su madre es traductora y ayuda a otras africanas a manejarse en la indescifrable vida europea. Rita Diatta llegó en avión hace once años. No a nado, no en patera, no oculta en un cajón. Ella voló desde Senegal para reunirse con su marido. Carlos escucha la historia con el desinterés de los hijos que han asistido al relato materno muchas veces. Rita Diatta nació en el sur de Senegal, pertenece a la etnia Diola y no tenía intención de probar suerte en Europa, pero su marido tiró de ella. Todo lo que tenía que llorar, cuenta, lo lloró entonces, embarazada, muy sola, echando de menos esa vida gregaria que había dejado atrás. En la iglesia, una mujer intuyó su pena, y en uno de esos giros generosos que la vida ofrece, decidió protegerla, acompañarla en el parto, cuidar al bebé los primeros días. María, como se llama la samaritana, se convertiría en madrina del niño. Ella encarnó la primera señal de que en esta ciudad en la que apenas la saludaban en la escalera había personas dispuestas a asistirla en lo más difícil, el desamparo emocional.

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