Por FELIUNDO

El origen de la civilización anglosajona guarda una larga historia de invasiones y conquistas. Una historia prolongada a la postre, de enemigos, batallas y condenas para quienes osaran desafiar al reino. Más tarde llegarían los normandos. Mucho después, corporaciones y federaciones internacionales anglosajonas, también con sus castigos y sanciones. El denominador común, más allá de los tiempos, es que la condena para los sublevados ante la injusticia ha sido, más o menos, siempre la misma: el cadalso con sus distintas y eficaces maneras.

En cuanto a la cultura anglosajona, podríamos imaginar una transmigración del héroe mitológico. Un Beowulf ya entrado en años, sabe de antemano que va a morir contra el dragón pero igual sale a la cancha. No hay milagro ni gambeta. Solo aguanta. En esta ocasión, nadie se detuvo a escuchar con qué sentimiento palpitaba ese corazón ante la batalla final, aunque se veía claramente reflejado en su rostro. Una mirada atribulada, quizá. Un rictus ensamblado en otra guerra.

Los esbirros nos contarían luego que el adversario fue arrasador. Que, simplemente, fue muy superior. Y lo dirían a coro, en una suerte de requiem casi angloparlante. Una voz junto a otra voz, tras, otra y otra más, desplegando una gala monocorde y afanosa en sí misma. ¡Notablemente, mucho mejor! ¡Enormemente, superior! Extraño, ensayo. Muy extraño.

Como corolario, este breve repaso a la historia anglosajona latente en la historia más moderna, nos reafirma aquel viejo postulado, atribuido en principio a Maquiavelo, que dice: “El fin justifica los medios”. Y, a veces, viceversa.

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