Boris Cyrulnik (Burdeos, 1937) asoma por la puerta de uno de los despachos de la editorial francesa que publica su obra. Tiene un gesto extraño, cabizbajo. No es un estado mental, aclara, tiene una tortícolis que apenas le permite despegar la barbilla del pecho. Pero cuando lo hace, sonríe, bromea y mantiene intacta su ironía.

Seguir leyendo