Los que llevan años haciéndose un nombre o rascando algún voto con la negación de que existe la violencia machista han mostrado un elocuente silencio tras los últimos asesinatos de mujeres, tan habituales en fechas veraniegas, donde la convivencia desata los demonios patriarcales. Les basta la sospecha de algunas falsas denuncias de mujeres para demoler el precario sistema de protección que se ha diseñado para ellas. Sistema que, por cierto, le ha vuelto a fallar a una mujer en Llanes, pese a ser guardia civil. Un juez no tomó las medidas de protección necesarias para salvarla de su exmarido, también él guardia civil, convertido en asesino por la pulsión machista pese a todas sus condecoraciones que le revestían de un falso prestigio. De la misma manera, si de algo sirvieron los últimos incendios, al tocar la capital del país y sus alrededores, fue recordarnos que las regulaciones y las normas son imprescindibles. Los que insisten con eso de que en el bosque no se puede ni coger una piña han impuesto su discurso antiecologista. Bien al contrario, los ayuntamientos de las zonas arrasadas han insistido en señalar que no se cumplen las obligaciones de limpieza por parte de los propietarios de terrenos. Uno de los incendios más graves se inició, precisamente, por la cabezonería en ignorar las prohibiciones para usar maquinaria pesada en horas de máximo riesgo. Todo bajo el amparo de que el campo es de quien lo trabaja.
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