A la medianoche del 15 de octubre de 2026, mientras los reyes Felipe y Letizia le entregaban un trofeo en forma de globo terráqueo y un cheque de un millón de euros ante 4.000 invitados puestos en pie aplaudiéndola durante 10 minutos, los editores de Penguin Random House se enteraban de que Isabel Allende, la reina madre de su catálogo, les dejaba por otra. Por Planeta, concretamente, el gigante de la competencia, a cuyo celebérrimo premio se había presentado Allende anónimamente sin decirles ni media, junto a otros 1.423 escritores, y que, gracias al prodigioso olfato del jurado, había ganado de calle. Acababa así, por las bravas, una relación profesional, y personal, de 44 años que comenzó con la publicación, en 1982, del superventas mundial La casa de los espíritus y siguió con otras 30 obras siempre rentables para todos. Hasta aquí, una de tantas historias de cuernos profesionales, y personales, en los que el cornudo es el último en enterarse. Pero, más allá de guerras editoriales y cálculos de mercado, me interesan las razones íntimas por las que Allende, una mujer de 84 años con la vida resuelta y los suculentos dividendos de sus libros engordándole las arcas cada fin de año, da semejante campanazo. Se me dirá que por dinero, claro, que nunca es suficiente. Por el millón del premio, multiplicado por tres o cuatro, más los derechos del siguiente libro, más equis prebendas, porque cuando se ficha a una grande, se suele fichar el lote, como cuando la muy fina revista ¡Hola! contrata desde la pedida de mano, la boda, la luna de miel, el embarazo, el bautizo y hasta el divorcio de una pareja de famosos, que ahora se divorcian hasta en las mejores familias. Poderosas razones que, sospecho, no explican del todo el volantazo de la chilena.

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